El espíritu maverick es el que inspira a los pioneros a dejarlo todo atrás para perseguir su objetivo de vida, por difícil que parezca y aunque el camino no se haya explorado nunca. Cumplir con esta actitud conlleva mostrar valentía, salirse de lo establecido para ir más allá, romper las reglas del juego para construir algo diferente. Y es este mismo espíritu de innovación el que ha unido a Glenfiddich, el Single Malt más galardonado del mundo, y a Javier Colorado en “Sin miedo no hay aventura”, el último viaje que este joven aventurero ha completado con éxito.

Tan solo cuatro meses después de completar la vuelta al mundo en bicicleta, un proyecto que le ha tenido rodando en solitario más de tres años, Javier Colorado y el Single Malt más vendido del mundo decidieron inspirar a otros viajeros incansables con esta nueva aventura, que consistía en recorrer el Amazonas en una canoa artesanal de madera hecha con sus propias mano, desde Ecuador hasta Brasil. En total, cuatro meses y 3.000km remados por “el río más increíble del planeta”, como él mismo lo define.

Durante esta travesía excepcional que ha transcurrido por Ecuador, Perú, Colombia y Brasil, una pequeña barrica de Glenfiddich 15 años que previamente contuvo Pisco propio de Sudamérica, acompañó a Javier Colorado en su canoa a través del Amazonas, madurando un Single Malt completamente único.

Además, esta aventura siempre tuvo como objetivo un fin social: con la colaboración de The South Face, una ONG que fomenta la educación superior en África, Glenfiddich becará a una joven africana para que pueda comenzar sus estudios universitarios ahora que este viaje por el Amazonas ha terminado. “Con este dinero hemos conseguido becar a una joven brillante de Kenia. En un mes cumple 19 años, y gracias a Glenfiddich, iniciará sus estudios de Enfermería en la Universidad de Nairobi este mismo año”, explica Javier.

“Sin miedo no hay aventura”, por Javier Colorado

Viajar es una de mis grandes pasiones, por lo que tras dar la vuelta al mundo en bicicleta decidí continuar el camino que hace tiempo emprendí y que tanta felicidad me aporta. En abril aterricé en Quito, Ecuador, junto a mi cámara y compañero Manu. En Francisco de Orellana contacté con una Comunidad Quechua en el borde del Parque Nacional Yasuní, la reserva natural con mayor biodiversidad del planeta.

Durante dos semanas, la pequeña Comunidad me acogió y me enseñó cada paso de la fabricación de las canoas de una sola pieza, y me ofrecieron su ayuda para crear la embarcación de cinco metros con la que remaría 3.000 kilómetros hasta llegar a Manaos, Brasil.

Una vez finalizados los preparativos, me lancé al sinuoso Río Tiputini para cruzar el Parque Nacional Yasuní. Durante dos semanas sufrí con las tormentas constantes, conocí pequeños asentamientos Quechua y Huaorani, y surqué infinitas curvas en compañía de delfines, monos, nutrias, capibaras, caimanes… Cada noche en la selva tenía que abrirme camino con el machete para instalar el campamento, esquivando escorpiones, arañas y nubes de mosquitos. Finalmente alcancé la desembocadura del Río Napo e inicié la segunda etapa del viaje entrando en Perú.

El Río Napo es más ancho y caudaloso, por lo que pude abarcar mayor distancia en cada jornada. A pesar de la compañía constante de los delfines, nunca bajé la guardia ante los peligros del río: fuertes corrientes, los remolinos, troncos flotando o encallados en ell lecho… muchos elementos que amenazaban con volcar la canoa a diario, durante las dos semanas que duró esta etapa.

Una vez en las aguas del río Amazonas, se sumó a la aventura una nueva complicación. Los fuertes vientos levantaban olas que tambaleaban e inundaban la canoa. Los obstáculos del camino siempre asustan e infunden respeto, pero afrontar mis miedos es parte de la experiencia. Aunque prefiero compartir siempre lo bueno, la hospitalidad de la gente que conocí cada día, y la ilusión de estar viviendo una aventura única por un paraje natural inigualable.

Desde la triple frontera entre Colombia, Perú y Brasil, abandoné las comodidades de mi lengua para desoxidar mi pobre portugués y entrar en el país carioca, aunque el idioma nunca fue una barrera para que me recibieran allí donde paraba. Durante cinco semanas, cada noche que me hospedaban disfrutaba de los pescados más grandes y suculentos que he probado en mi vida. Continué conociendo los diferentes asentamientos del Amazonas, remando con fuerza cada día y finalizando la jornada con un merecido baño frente a las puestas de sol más espectaculares que he conocido.

El viaje concluyó con la llegada a Manaus, pero para mí esto fue lo de menos. Durante cuatro meses viví una experiencia inolvidable y me adapté tanto al entorno que durante todo el viaje llegué a sentirme parte del río. Por fortuna, supe esquivar los peligros que se presentaron: no fui mordido por ningún animal venenoso, ni atacado en las cientos de veces que entré en el agua, ni asaltado por los piratas del Amazonas. Porque lo más importante para un aventurero, es volver a casa y compartir todo lo que ha vivido con sus seres queridos.