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Artículo publicado en la revista Sport Training nº 42 (mayo-junio 2012). Autor: José Enrique Quiroga Díaz

El entrenamiento infantil es un tema que puede llegar a ser muy apasionante y sobre el que se podrían escribir innumerables páginas. Vamos a abordarlo en este primer artículo desde un punto de vista más pedagógico, para ya en el siguiente número de Sportraining ahondar un poco más en ciertos aspectos más específicos como son el entrenamiento de la fuerza, de la resistencia, de natación… La idea es intentar aclaras algunos conceptos e introducir las bases de lo que debe ser el entrenamiento infantil para así poder elaborar una planificación óptima adecuada al desarrollo de los niños.

 

El deporte en los niños

Hace poco pude ver a través de las redes sociales una especie de mensaje que decía algo así como “si quieres tener un campeón en casa, entrena duro y deja a tu hijo que juegue”. La frase es simpática, con un mensaje directo, pero seguramente con muy mala lectura fuera del contexto adecuado. Y esta frase, o más bien esa mala lectura de ella que yo intuyo que se le hace, es lo que me ha animado a escribir un artículo dedicado al entrenamiento en niños.

Y es que en nuestro país tendemos a ver las cosas desde sus extremos, “o blanco o negro”, cuando la mayoría de las veces las cosas no son ni lo uno ni lo otro, aparte de que para opinar con autoridad sobre algo hay que ser poseedor de esa autoridad, es decir, conocimiento, y cuando digo conocimiento me refiero a “conocimiento científico”. Siempre he oído decir que “parece que todo español lleva un entrenador de fútbol dentro”, que todo el mundo “se considera un experto en fútbol”. ¡Cuánta razón hay en esa frase! y… lo peor es que eso es así no sólo con el fútbol. Pues esto es lo que ocurre cuando se habla del entrenamiento deportivo en los niños, parece ser que todo el mundo es un experto en ello, pero la realidad es que éste es un tema ligado a mitos, falsas creencias, sabiduría popular, etc.

¿Cuáles son los dos extremos que observo cuando se habla sobre entrenamiento infantil? Pues tan opuestos como el de querer crear un campeón prematuro (planteamiento más de padres que de entrenadores) o el de pensar que la única actividad deportiva que deben hacer los niños son sus juegos para así no obstaculizar su desarrollo. Como veremos a lo largo de este artículo, estas dos visiones son fruto de la ignorancia más que de otra cosa.

Por suerte, los entrenadores de ahora están (o deberían estar) suficientemente preparados para planificar correctamente el proceso de entrenamiento deportivo en los niños, cada vez hay más investigación publicada al respecto y cada vez son más los auténticos especialistas en ello. Me viene ahora a la memoria un artículo de hace unos cuantos años, escrito por una persona importante del triatlón español, que creo que tenía como título el slogan de un anuncio publicitario: “pezqueñines no gracias, debes dejarlos crecer”, aludiendo a que sería muy aconsejable que los niños no practicaran triatlón ya que esto podría interferir en su desarrollo, y que prácticamente deberían dedicarse sólo, en determinadas edades, a la natación. ¡Vaya, según aquel artículo los niños no deberían correr ni montar en bici! Pero como ya digo, por suerte esos argumentos, carentes de respaldo científico, ya se quedaron muy atrás y ahora contamos con buenos profesionales del deporte infantil (también los sigue habiendo muy malos). Y los que no tienen conocimientos sobre este tema, por favor que no opinen y que se informen adecuadamente.

IMG_5874El deporte como “hábito de vida saludable”

Las personas estamos “diseñadas” por naturaleza para andar, para correr, para esprintar, para saltar… para realizar esfuerzo físico. No tenemos más que observar el comportamiento de un niño pequeño que se mueve por impulsos naturales. Cuántas veces hemos oído decir a padres eso de “es que mi hijo no para”. Normal, lo anormal sería que se estuviera quieto. El problema viene después, cuando vamos creciendo y abandonando esos “impulsos naturales”, acomodándonos a ciertas cosas y modificando nuestra naturaleza hacia una vida en la que el esfuerzo físico es denostado. Ahí es cuando empiezan a aparecer los problemas físicos de gran parte de la población, los desequilibrios estructurales de nuestro organismo, las deficiencias musculares y de capacidades cardiovasculares, etc., o en otras palabras, desadaptaciones a lo que debería ser innato por naturaleza.

Está claro que el niño debe hacer deporte, forma parte de su naturaleza y es necesario para su desarrollo, no sólo biológico, también psicológico. Las dudas no se deben plantear en si es bueno o es malo, sino en cómo debe ser la práctica deportiva infantil, cómo debe plantearse y planificarse a lo largo de los distintos periodos evolutivos.

A un niño, y esto es un pensamiento mío muy personal, se le debe inculcar desde bien pequeño el hábito del deporte, como “hábito de vida saludable”. Luego, según se vaya haciendo mayor, iremos viendo que le gustará más o le gustará menos, que tendrá mejores o peores condiciones, pero habremos instaurado ese hábito en su vida, con un fin que girará en torno a la buena salud y a los valores, hoy en día tan en desuso, del esfuerzo, la constancia, la ilusión, la lucha por conseguir o alcanzar lo que se desea, etc.

Si un niño sabe perfectamente que debe ir al colegio, que es su obligación, es por su bien, también sería recomendable que la práctica deportiva le fuera igualmente obligatoria, ya que forma parte de su programa de desarrollo integral. El deporte les hará ser personas más sanas (junto con otros hábitos de vida saludable) pero también les hará, siempre que sus entrenadores sepan hacer bien su trabajo, mejores personas en muchos aspectos.

La infancia y la adolescencia son periodos en los que el niño, en proceso de crecimiento, es muy sensible a los procesos de entrenamiento. Pero aparte de esto, es importante que se instauren cuanto antes las bases de su salud y sus hábitos motores y deportivos, por lo que el diseño de su entrenamiento debe hacerse de una forma óptima, inteligente y adecuada al estado madurativo en que se encuentre, tanto físico como psicológico.

¿Deben entrenar los niños? ¿cómo?

Lo primero que hay que tener claro a la hora de plantear un programa de entrenamiento infantil, es que un niño no es un adulto en miniatura, sino que está en el largo proceso de serlo, por lo que no podemos pensar en ningún momento en que un plan de entrenamiento para adultos pueda ser válido de alguna forma para un niño. Y si con un adulto no debemos tener prisa en que alcance sus objetivos, mucho menos hay que tenerla con los niños.

Es de vital importancia que los profesores de educación física, entrenadores y padres, comprendan que la iniciación deportiva a temprana edad, es una necesidad del deporte de alto nivel moderno, pero que ello no implica, en ningún momento, el sacrificio del futuro deportista, y mucho menos de la persona (genéricamente dicho) (Ulloa, 1997).

El entrenamiento deportivo es un proceso mediante el cual se van adquiriendo ciertas capacidades y habilidades. Éste está planificado y organizado en el tiempo, con cargas crecientes que se reciben como estímulos para desarrollar las distintas capacidades físicas, con el fin de mejorar el rendimiento. Esta planificación y organización debe diseñarse siempre adaptada a la fase biológica (y psicológica)  en la que se encuentre el niño, ni más ni menos, y por lo tanto, con cargas acordes a ello. Y, algo que hay que tener muy claro, es que una planificación deportiva de un niño no debe realizarse atendiendo a ciclos anuales competitivos, como en los adultos, sino, por el contrario, debe ser siempre de orientación plurianual, teniendo en cuenta sus fases evolutivas.

La clave de esto, podríamos decir que se encuentra en que el entrenamiento infantil debe fundamentarse en el aprendizaje, lo primero es la preparación y después ya vendrá el desarrollo.

Respecto al método, deberá primar la parte lúdica, ya que el juego forma parte del comportamiento natural de los niños, aunque siempre adaptado a las características psicológicas de éstos, que pueden ser muy diferentes en unos y en otros.

El contenido, siempre polifacético. Más que buscar mejoras en objetivos concretos, debemos estimular el desarrollo general.

 

Características básicas que debe tener un programa de entrenamiento infantil:

– El carácter lúdico debe estar presente en todas las actividades.

– Es preferible el entrenamiento en grupo, ya que los beneficios sobre el aprendizaje son mayores que cuando es individual.

– Mucha variedad de ejercicios, movimientos y acciones motrices coordinativas. Entrenamiento multilateral.

– Ajustar las cargas a la edad (al desarrollo biológico).

– Ajustar la enseñanza y las exigencias al desarrollo psicológico.

– Atender a los intereses y características personales de cada niño.

– Estimular la motivación por encima de todo. Buscar estímulos atractivos para el niño, que irán variando a lo largo de todo el proceso de maduración. Debe sentir el deseo de realizar la actividad.

– Concienciar al niño de que está aprendiendo.

– Enseñar al niño que se deben alternar cargas y recuperación.

– Ir siempre de lo fácil a lo difícil.

– Incrementar las cargas de entrenamiento según el desarrollo del niño y sus resultados alcanzados al final de cada etapa.

– Tener siempre presente, a la hora de diseñar el plan de trabajo, que el proceso de crecimiento está determinado tanto por factores genéticos como ambientales. Esto hace que el niño vaya experimentando una serie de cambios fisiológicos, anatómicos y psicológicos.

– Los objetivos deben ajustarse individualmente al estado de maduración en que se encuentre el niño.

 

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Llegados a este punto, me parece interesante señalar los artículos 12.3 a 12.10 del Código de Ética Deportiva publicado por el Consejo de Europa:

12.3 Convertir la salud y el bienestar del niño o del joven atleta en la principal de sus prioridades, y lograr que estos objetivos sean prioritarios respecto al logro del éxito por persona interpuesta, o la reputación del club, de la escuela, del entrenador o del padre.

12.4 Lograr que los niños vivan una experiencia deportiva que les anime a participar toda su vida en actividades físicas saludables.

12.5 Abstenerse de tratar a los niños como si fueran pequeños adultos, teniendo, en cambio, conciencia de las transformaciones físicas y psíquicas que implica el desarrollo del niño y del modo en que influyen en el rendimiento deportivo.

12.6 Abstenerse de situar al menor ante expectativas que no sea capaz de lograr.

12.7 Reconocer la importancia que tiene el disfrute y el gozo de la competición, absteniéndose en todo caso de ejercer sobre el niño una presión indebida y contraria a su derecho de decidir libremente sobre su participación.

12.8 Interesarse tanto por los individuos mejor dotados como por quienes no lo están tanto, destacando y recompensando, aparte del éxito en la competición, el desarrollo personal y la adquisición de conocimientos prácticos.

12.9 Alentar a los jóvenes a que creen sus propias reglas; a que actúen no sólo como competidores, sino también como entrenadores, directivos o árbitros; a que fijen su propio sistema de gratificaciones y sanciones por comportamientos leales o desleales; y a que se hagan responsables de sus actos.

12.10 Facilitar a los jóvenes y a sus familiares toda la información posible, con el fin de que sean conscientes de los potenciales riesgos y atractivos del éxito.

 

Las fases sensibles en el desarrollo del niño

Estas son algunas de las definiciones que se han dado al concepto de las fases sensibles en el desarrollo biológico:

– “Períodos donde hay una entrenabilidad muy favorable para una capacidad motora”  (Winter).

– “Fases donde hay una sensibilidad particular hacia determinados estímulos externos, de acuerdo con los períodos de ontogénesis individual” (Martin).

– “Períodos de la vida en los cuales se adquieren muy rápidamente modelos específicos de comportamiento, vinculados con el ambiente, y en los cuales se evidencia una elevada sensibilidad del organismo hacia determinadas experiencias” (Baur).

– “Períodos del desarrollo durante los cuales los seres humanos reaccionan de modo más intenso que en otros períodos ante determinados estímulos externos, dando lugar a los correspondientes efectos” (Winter).

El conocimiento de estas denominadas fases sensibles es muy importante a la hora de programar una mayor o menor incidencia en la aplicación de determinados estímulos con el objetivo de influir sobre el desarrollo de las distintas capacidades físicas. Es más fácil que estos estímulos tengan un buen resultado cuando se aplican sobre capacidades que están en proceso de maduración que cuando ya han madurado. Pero aunque las distintas fases tienen, en un principio, una correspondencia con determinadas edades, hay que tener muy en cuenta la maduración biológica de los niños (no es lo mismo un niño con maduración normal a su edad que otro con maduración precoz o con maduración retardada), por lo que debemos atender a ellas de una forma flexible ya que en muchos casos no se corresponde la edad biológica con la edad cronológica.

Algunos autores se refieren a las fases sensibles aludiendo a la “ley del tren perdido”, según la cual, si no se aprovecha un periodo sensible a una determinada capacidad física es posible que éste no se recupere y ya no logremos nunca las adaptaciones que habríamos podido conseguir (“si perdemos un tren puede que no podamos coger el siguiente”).

Existen muchos casos de deportistas de élite que comenzaron muy tarde a competir o estuvieron largos sin años sin hacer casi nada. A buen seguro todos ellos realizaron deporte en su infancia y aprovecharon, consciente o inconscientemente, sus fases sensibles.

En términos generales, vamos a dividir el desarrollo a nivel de entrenamiento deportivo, en tres fases:

–  De 3 a 6 años: Actividades físicas acordes con su naturaleza y sus instintos (andar, correr, saltar, lanzar, trepar, nadar, montar en bici, patinar, equilibrios, etc.). El niño es el que marca sus límites, pero hay que animarle para fomentar su interés por la actividad física.

– De 7 a 12 años: Se produce la maduración de las estructuras coordinativas. Desarrollo técnico específico, pero con trabajo multilateral para potenciar distintas habilidades (técnica de carrera, de lanzamientos, de saltos, coordinación psicomotriz, distintos estilos de natación, dominio de la bici, dominio de los patines, etc.).

En esta edad debemos fortalecer la musculatura de sostén, piernas fundamentalmente, pero debemos evitar la utilización de ejercicios estáticos (Voronstov, 1998; Oca, 2003; García, 2000). La mayoría deben ser ejercicios en forma de juego, explosivos y dirigidos a las piernas, como saltos, carreras, combinar ambos, etc. (García Bataller, 2011). Especial importancia adquieren este tipo de ejercicios en las niñas, ya que es en esta edad y desde los 7 años cuando se endurece el cartílago y lo hace mediante esfuerzos de presión sobre él; si no se hacen de manera adecuada o en poca cantidad e intensidad, el cartílago de la rodilla no endurecerá y tendremos problemas en las edades posteriores (García Bataller, 2011). También debe trabajarse la flexibilidad y la fuerza abdominal.

– Desde los 12 años: Perfeccionamiento específico del deporte practicado. Inicio del desarrollo de las capacidades físicas condicionales. Las cargas de entrenamiento deben ser bajas, entre el 30% y 50% de su máximo, aunque este extremo es mejor controlarlo a través del número de repeticiones, que debe ser superior a 20, asegurándonos de esta manera que el nivel de carga no va a perjudicar al niño (García Bataller, 2011). En esta edad podemos dañar el cartílago de crecimiento de los huesos si utilizamos cargas muy altas (Voronstov, 1998; Oca, 2003; García, 2000).

A partir de los 14-15 años deberemos tener cuidado con la columna vertebral, ha terminado el crecimiento en las extremidades inferiores y ahora se crece a través del tronco (Voronstov, 1998; Oca, 2003; García, 2000), lo que deja muy desprotegida la columna vertebral y la hace especialmente débil; por ello deberíamos evitar todos aquellos movimientos que impliquen torsión, flexión y rotación si se hacen con sobrepeso (García Bataller, 2011).  Hay que prestar especial atención a los hábitos posturales.

 

Capacidad

Edad

Coordinación Fase sensible: 7-12 años.
Aprendizaje motor Fase sensible: 7-12 años.
Resistencia aeróbica Desde 8-9 años .Fase sensible: 17-18 años. Antes: adaptaciones funcionales.
Resistencia anaeróbica Desde 11-12 años .Fase sensible: 16-20 años.
Flexibilidad Desde 8 años.Fase sensible: desde 12-13 años.
Fuerza Inicio: 7 años.Fuerza explosiva: desde los 10-11 años.Fuerza resistencia: desde los 13 años.Fuerza máxima: desde los 17 años.

Fase sensible: 17-20 años.

Velocidad Desde  10 años.Fase sensible: 17-18 años.

 

 

_MG_6563La competición ¿es buena? ¿es mala?

Este es otro tema en el cual existe bastante controversia, especialmente en edades más tempranas. Yo lo tengo bastante claro, sí a la competición infantil, y cuanto antes mejor.

Tenemos que entender la competición como un proceso social que forma parte de la educación de los niños, de su desarrollo como futuros deportistas y, sobre todo, de su formación como personas para cualquier faceta de la vida. Este es un punto en el que cobra especial importancia la labor del entrenador y la de los padres, en muchos casos enfrentadas.

El niño debe competir, en primer lugar porque es algo innato a nuestra naturaleza y, en segundo, porque debe aprender a hacerlo: saber ganar, saber perder (realmente nunca se pierde y esto es muy importante que lo aprenda), conocer y respetar los valores del deporte (el esfuerzo, el juego limpio, el respeto, etc.). Pero debemos enseñar a los niños a competir, lo que es algo más que difícil debido a la actitud de muchos padres, los cuales pueden interferir negativamente en el proceso. Esta labor, también puede ser más complicada si no prestamos especial atención al carácter del niño, cada niño es diferente y tenemos que observarle y analizarle, ya que cuanto antes se incida sobre ciertos comportamientos, mejores resultados obtendremos en este proceso educacional.

Lo primero que hay que tener claro es que lo importante no son los resultados objetivos que el niño obtiene en la competición, sino la percepción que él tiene sobre su actuación. Es decir, si el niño considera que lo ha hecho muy bien a pesar de no haber ganado, el resultado es positivo y la motivación permanecerá en un nivel alto. Por lo tanto, esa autopercepción es muy susceptible de variar hacia lo positivo o hacia lo negativo según la actitud tanto del entrenador como de los padres. Para ello hay que orientar la atención del niño en la ejecución, en su actuación, en su esfuerzo, y no hacia el resultado objetivo (el puesto obtenido en la competición). De esta forma, el niño aprenderá que el éxito está en su esfuerzo y esto es lo que le debe hacer sentirse orgulloso. Es esencial que se premie el esfuerzo por encima del resultado y mantener la motivación siempre en escalones altos.

Con esta estrategia, conseguiremos que los niños sean competitivos, es decir, que se esfuercen por conseguir sus objetivos y que sepan superarse ante las adversidades o las derrotas. Que obtengan el placer por lo que están haciendo, que disfruten por experimentar sensaciones positivas de lo que hacen, más que por lo que consigan.

Por otra parte, la educación para la competición debe ser prioritaria sobre el esfuerzo real. El niño debe aprender desde muy pequeño los buenos valores del deporte, como el respetar las normas y a los compañeros por encima de todo, debe interiorizar que las trampas y el deporte son (deberían ser) incompatibles, reconocer el esfuerzo propio y el de los demás, aceptar las “derrotas” (ya digo que nunca deben ser consideradas las derrotas como tales), ser humilde en las victorias, etc. Todo esto forma parte de lo que yo llamo la “educación para la competición”, que se podría extrapolar a cualquier faceta de la vida extradeportiva.

No es necesario decir que las competiciones y sus formatos deben estar perfectamente acordes con la edad de los niños, y siempre apoyadas en una base lúdica. Y en cuanto al esfuerzo físico empleado en ellas no hay que preocuparse en si puede ser demasiado, muy difícilmente un niño se sobrepasará por mucho que nos lo parezca; el problema estaría en la preparación para esa competición, la cual en muchos casos no es la apropiada para su edad y se rige por la ambición de algunos padres y entrenadores de crear jóvenes campeones, lo que condicionará de una manera negativa el posterior progreso que pueda tener. No nos olvidemos de que generalmente, los niños que destacan en categorías por debajo de cadetes, no suelen ser precisamente los mejores cuando son más mayores. En estas categorías, en la mayoría de las ocasiones los que destacan suelen hacerlo por tener una maduración precoz o por realizar programas de entrenamientos no acordes con su edad. Según distintos estudios consultados, los niños con un proceso de maduración normal o con ligero retardo, suelen obtener mejores resultados de mayores que los que tuvieron una maduración precoz y destacaban por ello sobre los demás.

En la segunda parte del artículo, en el próximo número, hablaremos sobre ciertos aspectos técnicos del entrenamiento infantil, como son el entrenamiento de la fuerza y de la resistencia, entre otros.

 

 

Bibliografía:

–       Añó, V. (1997). Planificación y organización del entrenamiento juvenil. Edit. Gymnos. Madrid.

–       Domínguez, P. y Espeso, E. (2003). Bases fisiológicas del entrenamiento de la fuerza con niños y adolescentes. Revista Internacional de Medicina y Ciencias de la Actividad Física y el Deporte vol. 3 (9) pp. 61-68 http://cdeporte.rediris.es/revista/revista9/artfuerza.htm.

–       García Manso, J.M.; Campos, J.; Lizaur, P.; Abella, C.P. (2003). El talento deportivo. Edit. Gymnos. Madrid.

–       Grosser, M; Starischka, S; Zimmermann E. Principios del entrenamiento deportivo, Martínez Roca.

–       Navarro, F.; Oca, A.; Castañón, F.J. (2003). El entrenamiento del nadador joven. Edit. Gymnos. Madrid.

–       Ulloa, J. Entrenamiento de fuerza en edades tempranas. Documento docente. Centro Superior del deporte. UNAM, México DF. 1997.